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LA POLICLÍNICA

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Tuta y sus hermanas—Yanira, Maribel del Carmen y Anny Carina—crecieron con su mamá, Ana, dentro de una pequeña casita de madera de palma, color azul turquesa. Dirección: Calle Gregorio Luperón, casa n.º 3. Durante los años 1960 y 1970 fue una carretera estrecha, de una vía, de polvo y piedra. La casita estaba rodeada por una empalizada de alambre de púa sobre palos campestres. En frente, se encontraba uno de los lugares primordiales y activos dentro de toda la región: La Policlínica (El Dispensario). Tuta cuenta que las mañanas se iniciaban con el paso de los marchantes tomando su lugar en las filas de consultas y aquellos que esperaban recibir su porción de leche del día—se entregaba por medio de la ventana de la cocina, como plan social gubernamental, basado en el tamaño de la familia y la cantidad de niños que tuviese. Dos botellas por familia era lo normal o adecuado, aunque a veces algunos intentaban colarse por segunda vez. Lépida, junto a sus ayudantes Sandé y Dília, se encargaba de distribuir y proporcionar cada familia al llegar. Utilizaba una frase con aquellos que intentaban liquidarse de una segunda porción.

“Vete a jugar con lodo en un contén. Con un palito… y que tenga mucha agua…” Repetir la frase conmovió mucho a Tuta y tuvo que reírse.

“Y con la gracia que ella lo decía,” explicaba Tuta, entre risas.

La clínica abría después de las ocho y estaba compuesta por un doctor de pasantía, una o dos enfermeras de tanda, las chicas lecheras y la conserje—Ana Mercedes Pascal, alias Chocha. Sí, la misma. Ana fue encargada de mantener el orden, la higiene sanitaria y esterilización del laboratorio y sus cuantas herramientas. Para el comienzo del día y su debido empeño, Chocha ya tenía todo listo desde el día anterior. Barría y trapeaba los pisos varias veces, organizaba escritorios, la cocina y el laboratorio en cualquier momento necesario al ocurrir los sucesos médicos.

Antes de volver a la casita azul turquesa, Chocha se encargaba de esterilizar las jeringuillas—en ese entonces de cristal y aguja de acero—hirviendo agua y aplicando químicos de los cuales, Tuta, no se acuerda. Los baños recibían limpieza con cloro, inundando a la clínica con aquel olor tan inconfundible que se encuentra dentro de los hospitales. Las tareas se compartían entre hermanas; si hoy le tocaba a Maribel, mañana le tocaba a Anny Carina… Chocha, entre tareas, se mantenía alerta y a la rápida vista de los doctores, enfermeras/o, pacientes y emergentes. A veces se daba un copazo de un cigarrillo Monte Carlo, aliviando las horas. Se sentaba en su jardinera predilecta, frente a la clínica, reposando, tomando agua y café, hasta llegar medio día y regresar a casa.

Tomas Cabrera fue el único enfermero entre muchas enfermeras. Aparentemente era casi lo mismo que un doctor de cabecera… consultaba, pronosticaba, cocía heridas, y varias otras cosas que no se conocían como regulares para un enfermero dentro de Castañuelas, un pueblo en medio de la nada. Entre las enfermeras: Redelta, Mena, Miralín, Cabreja, Dominga y Santa. Los doctores de pasantía: Dra. Emma, Dr. Radamés Laucel, Dr. Rodríguez, Dr. Nahím y el doctor Ígilis. Éstos provenían de lugares como La Vega, San Cristóbal, Valverde Mao y Santo Domingo. El Dr. Nahím fue el único que vino desde un lugar muy lejano—Medio Oriente, Arabia Saudita. Por lo visto, los deseos de ayudar al prójimo, sin importar dónde, no son cosas de hoy en día… Este doctor, con mucha vergüenza y timidez contó Tuta, una vez llegó a besarla mientras aportaba a la causa… A este doctor, por lo visto, le gustaba mucho la República Dominicana y sus frutas… llevándolo a formar raíces con una mujer del pueblo muy cercano a Castañuelas, perteneciente a la misma provincia de Monte Cristi—Villa Vásquez. Se casaron y, si la memoria no le falla, al parecer todavía andan rastros de él por ahí.

Los doctores se hospedaban en una habitación dentro de la policlínica y cuando no ejercían intentaban conocer al pueblo por medio de sus habitantes, los cuales mayormente eran sus mismos pacientes quienes ofrecían comida o colarles un cafecito en sus hogares. Con mucha humildad. Entre todos los castañueleros, había una persona, más o menos, responsable y encargada de facilitar esta vía láctea turística: Chocha, también conocida como la mamá de Yanira, Maribel del Carmen, Anny Carina, Anabel, Ana Julia y nuestra querida Tuta.

Para el año 1979 existían seis hermanas, viviendo, mayormente, bajo el mismo techo en algunos momentos de su niñez u adolescencia. Aunque las hermanas Anabel y Ana Julia, debido a cambios de domicilio, nunca llegaron a vivir dentro de la casita azul turquesa, al llegar la adolescencia esta banda de hermanas representaba tremendo calambre. Imaginen una casita justamente en frente del lugar primordial para la salud y alimentación de castañueleros y residentes de pueblos cercanos, llena de doncellas ingenuas, rodeadas de doctores, enfermeros, pacientes, sin la presencia de un padre...

Un poco difícil no entender el porqué, ambas, las hermanas como atractivo y Chocha como conserje y conocedora de todo lo que significaba ser “castañuelero”, formaban la perfecta combinación química de una bomba atómica, a punto de estallar entre cada nuevo doctor que se asomaba a esta comunidad de campesinos. Entre colar café y preguntar “¿cómo andan las niñas?” se le debió escapar un piropo o, a lo mejor, un beso a alguna de ellas.

···

Tuta y sus valores cristianos del presente hacen que los temas de romance y exploración genuina, de lo que significaba ser mujer en esta comunidad, a veces, resultó difícil. Como sacar muelas con pinzas, sin anestesia. Evadía a todo costo hablar de hombres que marcaron su pasado.

Repetía lo mismo: “Yo quiero hablar de mi historia. Quiero hablar de mí, no de los demás…”

No entendía la importancia de platicar sobre todas las ocurrencias que formaron lo que hoy se conoce como Carmen Mercedes Martínez Pascal. Pasábamos horas discutiendo las cosas que ella no quería que se malentendieran o que tuviesen un inconveniente en las vidas de las personas mencionadas. Ya sean sus hermanas, esposos, parejas, novios, conocidos, o amistades. Con los días, batallando, mi presentación de la importancia del pasado la comenzó a conmover y la convencí de soltar la sopa. Por mas caliente que sea.

Las platicas comenzaban a tempranas horas del día y muy raramente discutimos los temas después de las seis de la tarde—a esta hora regresaba su esposo, Elio Genao, otro cristiano y castañuelero que no le daba mucha gracia escuchar sobre los novios o enamorados de su esposa, no obstante la cantidad de años que pasaron desde aquel entonces. Por ahora, sepan que Elio es un mecánico de una familia muy reconocida en Castañuelas… Más o menos cinco años mayor que Tuta y las otras personas que pasaron por la vida de ella, si la categoría fuese novio.

Ojo: los detalles sobre los novios, maridos, parejas u enamorados no fueron aprobados por él. Es más, luego de un largo día platicando con su esposa, Elio le preguntó:

“¿De qué hablaron… de cuáles temas?”

Tuta, de inocente, le dio una idea del tema: novios del pasado. Como buen oyente indagó, preguntando un poco más sobre ellos. Al parecer no conocía de uno de los nombres mencionados y se incomodó; sintiéndose traicionado por no saber cosas que pasaron hace cuarenta años… Lo incomodó. Elio es una parte clave y a la vez presente, pero reservaré otro momento para hablar más de él… Regresemos a la calle Gregorio Luperón, la casita azul turquesa, la policlínica en frente y los personajes que solían interactuar con las Martínez Pascal.

Luego de evadir unas minas y granadas, continuamos desollando el tema y logré entender algo muy parecido a una novela. Novela en cual los doctores se enamoran de una joven inocente, encargada de brillar los pisos, con su pelo afligido, cabizbaja, la ropa vieja, llena de huecos y sin un centavo en los bolsillos.

¡María la del barrio soy!

En varias ocasiones, aunque no llegó a más, uno que otro doctor le llegó a robar un beso mientras completaba sus tareas, sus quehaceres. La novela da apertura con un ángulo panorámico de la policlínica y unas vacas cruzando. Los doctores con sus atuendos blancos, estetoscópios y bolígrafos en mano, revisando placas y expedientes médicos. Una taza de café se cae—herramienta dramática—al pasar un paciente en silla de ruedas. Cambian de cámara y comienza a sonar una melodía similar a la de la Rosa de Guadalupe… y, desde el fondo del pasillo, aparece la protagonista, descalza, con una cubeta llena de agua, lista para trapear… Los doctores, mirando fijamente desde sus oficinas—a la vez dormitorios—dándole consuelo y atención, por la ardua tarea de limpiar el piso… mostrando su interés por medio de miradas pícaras, comentarios al vacío. Episódios después, le entregan regalos o comida—Tuta siempre fue débil con la comida…

Uno de ellos, ya fuera de la novela, conmovió mucho a nuestra joven dulcinea (catorce años de edad) trayéndole cuadernos de la capital, Santo Domingo. Al parecer, su objetivo era inspirarla a estudiar y obtener una profesión… Es importante saber que Tuta no continuó los estudios después de octavo... Con estos cuadernos, aquel doctor también incluía libros de caligrafía y ortografía y le exigía los completara, como buen maestro. Nunca se propasó con ella, aunque ganas tenía. Cuenta que él marcó sus pensamientos por ser una persona decente, humilde y con escrúpulos. De aquel doctor, Tuta no dio más detalles y la última vez que supo de él fue a mediado de los años noventa, ya una madre, en Santiago de los Caballeros y aún más tarde, al principio del siglo XXI.

Había otro doctor roba-besos, el de tierras lejanas, el doctor Árabe, el doctor Nahím. Éste sí que no supo controlar el impulso y mientras, obviamente, limpiaba nuestra jovencita imberbe, se le acercó saliendo de su oficina, dando pasos de gato relamido, mirándola a los ojos, con su vena en la frente resaltando al compás del palpitar de su más intimo deseo, y, sin ningún preámbulo… la impactó con un beso justamente sobre su labio superior e inferior.

¡Luces de auditorio apagadas! Actores en sus puestos. La escena gravada para Tele-Antillas, espectadores mirando por medio de los huecos formados entre los nudos de la madera de palma, ojos fijos hacia el escenario, oídos escuchando música repentina, dramática, unas trompetas mezcladas con una melopea pianística y guitarras en un fondo no tan fondo, más bien cercano, con los anuncios casi al regresar y ¡Sube el telón! Sale nuestra joven protagonista, bañada de luz, limpiando el laboratorio de un doctor con bata blanca, con sus aires por las nubes, principiante en un pueblo sin bombillas, mirando a nuestra pequeña conserje subir a su hombro una lata de aceite El Manicero—llena de agua en vez de grasa. Fallándole la fuerza por el hambre que traía entre los huesos, mientras que su otro brazo se apoyaba del mango de un palo, anclado sobre un trapo, sosteniendo sus pies mientras resbalaba sobre el piso, descalza… y, aquel doctor astuto, veinte años mayor que nuestra pequeña y amada dulcinea de catorce, notando que se iba a caer al abismo marchito de un piso frío y desolado, se acerca a ella y la sostiene con sus manos livianas y ojos castaños, pálidos por el largo día de inyectar virus y cocer piel, pegándose cada vez más al pasar el tic-tac del reloj, relamiéndose los labios, dando un paso más al frente sin mover un pelo de su cabellera resentida, sin explicar… le pegó medio a medio al rostro con un beso lleno de emoción, deseo, arena y paz. ¡Baja el telón!

Pero la vida de Tuta fue lo más lejano a una telenovela llena de siluetas románticas. Lo que la conmovió y envolvió como un ramillete de flores, solamente fue un momento. Y, así como pasaron aquellos besos, pasó el tiempo y los doctores se iban sin motivo de regreso; de vuelta a sus familias y sus esposas. Después de aquel beso en escena, Tuta despertó, cerró la clínica, cruzó la calle Gregorio Luperón, regresando a su realidad entre cuatro paredes de madera, dos puertas y una ventana. Regresaba a la casita azul turquesa.

Le esperaban visitas del pueblo, acompañando a Chocha con un café, cigarrillos Monte Carlo y el chisme del día. Entre estos: Erinsón—único enfermero—los hijos de Amelia y Dindé; los comunes participantes de tertulia, junto con cualquier otra persona que llamaba a Chocha gritando fuertemente a lo largo de las calles y casitas que le rodeaban. Cuca, su mamá, abuela de Tuta, pasaba a cualquier hora y vivía tan cerca que la podía oír gritar o golpear a sus hijas o las pailas junto al anafe. Los vecinos, abuelos y amigos de la vecindad se pasaban trozos de plátanos, manos de guineo, arroz para acompañar un huevo y hasta el mismo poquito de café para colar. Una costumbre sana, perdida.

Regresando a la realidad, Tuta prendía el radio, el mismo que usaba en la policlínica—un regalo de Yanira. Supuestamente marca Sony. Escuchaba todo tipo de radio: AM y FM. Radio Mil y Radio WAO. Entre los programas, el más famoso, Cien canciones y un millón de recuerdos.

Cantar siempre ha sido una práctica dentro de la familia Martínez Pascal. Especialmente Rolando, quien fue cantante y logró publicar una canción llamada La escalera. Se convirtió en un One Hit Wonder y nunca llegó a ser famoso ni salió a la luz como un buen artista o compositor. Pero, hasta el día en que falleció, mencionaba su astuta habilidad de tocar la guitarra, de cantar bonito y de haber logrado componer aquella canción. La tarareaba en toda ocasión aceptable.

Ana Gabriel, un poquito más famosa que Rolando, marcó a toda una generación dominicana que, mientras limpiaban y cocinaban, se amargaban con sus canciones y temas de traición. Las bachatas no recibían la misma atención de todo el país, era más escuchada en las barras y prostíbulos de los campos. En los años ochenta dominaba la balada, el merengue y los boleros. Existía la palabra y el deseo de la letra romántica al recordar el pasado, las experiencias vividas, el amigo triste y los amores perdidos. Yolandita Monje, Amanda Miguel, Anthony Ríos, Fernandito Villalona, Las chicas del cán y José Luís Perales formaban el paladar cotidiano en los oídos del pueblo que aún se formaba luego de décadas del régimen Trujillísta. La sociedad dominicana pasaba por una revolución político-social difícil de entender desde afuera y aun más difícil explicar por medio de las letras de una canción…

El país iba regenerando su identidad utilizando la academia fundada bajo el Trujillísmo, las profesiones engendradas y traspasadas a la juventud, la apertura de programas televisados y el conocimiento de la nueva libertad. Cual, al describirla ella misma, Tuta nunca perdió siendo una niña, joven u adulta. Se desplazaba por los montes, canales y rigolas como una cigüita campestre formando nidos. Dibujaba aviones sobre arena hasta brincar el número ocho, nueve, y diez. Era una enferma jugando el baronazo y hasta llegó a jugar baloncesto y pelota (béisbol). Inocentemente logró tener una niñez dentro de la pobreza, compartiendo momentos con sus hermanas y amigos sin insistir en algo más. Una vida llena de responsabilidad temprana, momentos incómodos, hambre y negligencia formaron parte de su paladar, pero luego de cerrar la puerta de la clínica, regresar a casa, prender el fogón, picar cualquier cosa que encontrara, Tuta regresaba a su laberinto de Pan. Saltaba empalizadas, nadaba en los ríos y regresaba a casa. Tibia, llena de vida.

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