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Chapter unoNACÍ EN CASTAÑUELAS, MONTE CRISTI
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NACÍ EN CASTAÑUELAS, MONTE CRISTI

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Desde nacer, Carmen, conoció el sentido de la muerte. Así nació. Muerta. Color purpura y sin aire. Primero les cuento que en el año 1969, 10 de marzo, en un pequeño pueblo de Monte Cristi—Castañuelas—nació una niña llamada Carmen Mercedes Martínez Pascal. Sus padres: Ana Mercedes Pascal y Rolando Gilberto Martínez de la Rosa—ambos fallecidos—nunca enlazaron su relación. Ana y Rolando comparten cuatro hijas y una larga historia de fragilidad. Carmen no supo mucho de su padre mientras vivían a menos de diez minutos de distancia… La primera vez que le preguntó “¿Cuándo cumples años?” fue, justamente, antes de morir en el 2025. Estas cinco, largas décadas, sin conocer a Rolando, marcaron a Carmen como una hija desechada, indigna de amar, marchita, y cualquierizada. Hablaba poco sobre él y resistía quererlo aunque sus hermanas intentaron reconocer que así eran las cosas y que siempre fue igual con toda su familia. Lo describían utilizando el adjetivo seco. Nunca les creyó y consideró su relación de padre e hija como algo que nunca existió. Aceptaba la biología, nunca la paternidad.

Al igual que la falta de un padre, su niñez fue marcada por experiencias y sucesos impidiéndole alcanzar otras metas. La conocían como Tuta, un apodo que nunca comprendió ni relacionaba con algún origen.

“¿Por dónde hace esquina Carmen con Tuta?” me respondió al preguntarle el sentido. “¡No sé!” exclamó.

Le pedí que hiciera un esfuerzo de recordar… Por más que intentó no lo logró. Lo dejé como un hecho y nunca más volví a preguntar por ello. Hasta que un día, hablando con su hermana mayor, logré entender que era una mala maña muy común en Castañuelas… los paisanos distinguían a los niños por rasgos físicos, comportamiento, forma de hablar, entre otras cosas. Aparentemente, Carmen, solía repetir tu y ta al interactuar con los demás. Le comenzaron a llamar Tuta, de cariño, y al pasar los años se le pegó el apodo.

Con su nombre también murió su fecha de nacimiento. Ana le explicó que fue declarada tarde y que, jurando que sabía la fecha exacta de cuando nació, tenía que cambiar su cumpleaños para poder reflejar el día en que fue declarada. De 10 de marzo pasó a 19 de noviembre; unos cuantos meses después… De acuerdo a la memoria de Ana y corroborado por su hija mayor: fue un error del señor que llenaba las actas de nacimiento. En aquel entonces, todo se catalogaba sobre papel; dando apertura a los errores y faltas ortográficas que hoy en día cualquier corrector edita. En vez de ser declarada en marzo, el representante escribió la fecha del día en que fue declarada… Aparentemente, a este señor le faltaba algún tornillo en el cerebro y cometió el mismo error con varias personas de Monte Cristi. Percata minuta. Lo que sí es cierto es su lugar de nacimiento: Calle Gregorio Luperón, Casa n.º 3, Castañuelas, Monte Cristi. Muerta. Color purpura. Sin aire.

Igual que el pequeño pueblo, aquella vieja casita y las calles, donde creció Tuta, no han cambiado mucho. Castañuelas es un paisaje eterno, plasmado en el tiempo, compuesto del verde y ocre de los arrozales, la lucidez del agua entre las parcelas, el negro de los cambrones quemados, la blanca palidez de paredes, el rojo intenso de los grandes flamboyanes, la tierra árida rodeada de melones y el ruido del Yaque golpeando los samanes, arrastrando con él las piedras y ramas hasta desembocar en las arenas montecristeñas. Los primeros kilómetros de entrada, por la boca del norte, por la línea, y por la del sur, camino a Las Matas de Santa Cruz, representan el orgullo de los castañueleros: las parcelas de arroz. Producto noble y eficaz que le ha dado trabajo, sustento y alimento a miles de personas a lo largo de la trayectoria del pueblo. Canales de cemento y cal rodean las parcelas y caminos de tierra, salpicando las jicoteas que se avecinan. Las garzas de lejos brotan, volando bajo al pasar las cortadoras junto a los caballos cargando quintales de arroz. Los niños galopean, firmemente, entre los arboles, dando luz al control de montura y ronzal. “¡Vamo, coño! ¡Vamo! ¡Dale!” Se oye gritar, junto a chasquidos entre dientes. “¡Vamo!”

A distancias, la canción Nereyda, de Raulín:

Nereyda, no quiero nada contigo, recuerdo que me ofreciste

Tu cariño y tu abrigo...

A otro... tú se lo entregaste, yo me quedé solo y triste;

¡Nereyda me traicionaste!

Por siempre en este mundo viviré sin amor y sin cariño, Nereyda tengo fe;

Que contando las estrellas quizás puedo llenar ese vacío

Que dejó en mi corazón.

Nereyda, por siempre yo llevaré, dentro de mi corazón,

Donde quiera que yo esté…

De ti, yo nunca me olvidaré, por todo lo que a mí me hiciste;

¡Nereyda vuelve otra vez!

Dios mio, que la pague Nereyda, por todo lo que a mí me hizo;

¡Por ella ser traicionera!

Por siempre en este mundo viviré sin amor y sin cariño, Nereyda tengo fe;

Que contando las estrellas quizás puedo llenar ese vacío

Que dejó su corazón.

Nereyda, por siempre yo llevaré, dentro de mi corazón,

Donde quiera que yo esté…

De ti, yo nunca me olvidaré, por todo lo que a mí me hiciste;

¡Nereyda vuelve otra vez!

Por siempre en este mundo viviré sin amor y sin cariño, Nereyda tengo fe;

Que contando las estrellas quizás puedo llenar ese vacío que dejó su corazón.

Vivió allí hasta el año 1983, ya una adolescente.

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